Como seres humanos poseemos capacidades que pueden estar ocultas, o poco entrenadas. Posiblemente, se ha enfatizado tanto la idea sobre nuestra imperfección como humanos, que aceptando de lleno esta teoría, justificamos acciones que causan daño a los demás, a nuestro medio ambiente y, por lo tanto, a nosotros mismos. Así es, cometemos frecuentemente errores, pero la idea de aceptarlos como nuestra condición de imperfectos, no debería sobrepasar la idea de buscar cómo evitar “meter la pata” tan a menudo. Las dificultades y las oportunidades siempre van a estar presentes, y la búsqueda de habilidades con las que podamos manejar esas situaciones, nos pondrá en el camino de explotar ese potencial que hay en nuestra mente.
Hay una habilidad, también definida como virtud, valor, incluso se puede considerar como un estado mental: la paciencia. Me parece curioso que mucha gente relacione esa palabra directamente con la santidad, y es entendible, ya que en los relatos de la vida de tantos santos y mártires el común denominador en ellos es la actitud serena de aceptación a todas las dificultades. Si solo se toma ese punto de vista como referencia a lo que puede ser la paciencia, se crearía una discriminación y una negación mental para todo aquel que no se siente tan cercano al estado de “santidad”, sintiéndose que es indigno, incapaz, o que simplemente es aburridor poder recurrir a esta habilidad en ciertas situaciones. Personalmente, la palabra paciencia la relaciono con un gato, y para todo el que haya visto el comportamiento de un gato cuando quiere atrapar su presa, sabrá a lo que me refiero.
Para muchas personas es difícil actuar pacientemente en diversas situaciones, porque asumiendo la paciencia como una habilidad, es posible decir que algunos se han entrenado en ello, mientras que otros simplemente se niegan a explorar esa posibilidad. Considero que lo complejo es procurar el control entre pensamientos, emociones y acciones. Es factible lograrlo, y sería magnífico que cada persona descubriera cómo activar este estado y practicarlo, ya que el efecto de ser impaciente conduce a cometer imprudencias con consecuencias muy delicadas, además de generar comportamientos impulsivos, estrés, ansiedad o enojo, que en alguna medida, siempre conducen a empeorar la situación.
Pero también es necesario diferenciar una actitud paciente a un comportamiento pasivo, y quizá por esta razón mucha gente se aleje de la idea de ser paciente, pensando que entrarán en un aletargamiento o una resignación sumisa ante ciertas situaciones. Recurro nuevamente al ejemplo del gato que pacientemente observa, calcula, espera la oportunidad y actúa.
Así entonces podríamos resaltar dos características de esta habilidad: la serenidad y la observación, que llevándolas al campo de la actividad musical (que es de lo que siempre termino hablando), puede optimizar enormemente cualquier aspecto del aprendizaje, la práctica, la enseñanza y la producción. Curiosamente, la enseñanza musical tiene un punto sensible en su proceder, ya que la música, además de involucrar teoría y memorización, está condicionada por habilidades físicas y movimientos corporales específicos, que no se dan de la misma forma en todas las personas; sumándole a esto la parte emocional y expresiva que se requiere formar. Si la suma de estos factores no se asume con una actitud paciente en medio del ejercicio de la enseñanza musical, se estará entrando en un proceso superficial o mecánico, que puede generar en los estudiantes más inseguridades que convicciones.
La enseñanza musical se puede dar de muchas formas y es normal que quienes estudian música tengan objetivos particulares muy distintos al de los demás. Por esto, la enseñanza musical personalizada es uno de los sistemas más privilegiados. ¿Qué estudiante no desea que su profesor “le tenga paciencia”? Puede que ese deseo esté superficialmente fundamentado en que su profesor sea un “santo” y le brinde una sobreprotección contra todos esos golpes emocionales que supone la interpretación de un instrumento musical, sobre todo cuando se pretenden objetivos serios, que solo se logran con disciplina y resistencia a la frustración.
Sin embargo, el profesor paciente es más un guía que sabe observar con detenimiento las características de su estudiante, que con serenidad aguarda el tiempo que este requiere para avanzar en sus habilidades, pero calculando, a través de la observación, cuáles estrategias usar en cada momento. No puede ser un guía sobreprotector que oculte el grado de exigencia que requiere la práctica musical. Obviamente, se le agradece si las críticas, las correcciones, o los llamados de atención, los hace desde el buen trato, la diplomacia y la argumentación.
Pero qué mejor argumento final para esta reflexión es recordar que, en el proceso de la enseñanza musical, no solo el profesor es el que debe recurrir a la actitud paciente. Así es, si el estudiante no asume su proceso de formación haciendo uso de esta habilidad, seguramente no llegará muy lejos… o su proceso estará autosaboteado por el estrés, la ansiedad y el enojo.
Imagen: @SamuelFrancisJohnson
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