Hay una anécdota que ha circulado por varias revistas y sitios de opinión, se trata de una pregunta que alguna vez hizo un estudiante a la antropóloga estadounidense Margaret Mead (1901 – 1978), queriendo resolver la inquietud acerca de cuál sería, según ella, la primera señal de civilización en una cultura. Se esperaba que la antropóloga hablara de cuencos de barro o piedras afiladas, pero su respuesta fue: «Un fémur fracturado y sanado». La respuesta causó algo de confusión, pero la antropóloga explicó que, si en medio de la selva un animal se fractura, muere. Con un miembro inferior en ese estado se dificulta cazar o conseguir agua, y se hace presa fácil de algún depredador. Ningún animal con una extremidad inferior rota sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso se suelde por sí solo.
Los restos arqueológicos hallados de ese fémur roto con indicios de haber sido curado, es un primer signo claro de civilización. Es la evidencia de que alguien tuvo la voluntad de cuidar a un ser herido, facilitándole alimento, seguridad y resolviendo la manera de inmovilizar la extremidad hasta que sanara. «Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización», explicó la antropóloga Mead.
Desde las primeras manifestaciones musicales en los humanos, siempre ha existido quien se tome el tiempo de cuidar de esta forma de expresión, enseñando melodías, ritmos, cantos, inventando instrumentos, transmitiendo saberes, en otras palabras, preocupándose por compartir ese insumo tan valioso para la sociedad como lo es la música. Podría decirse que dentro de nuestro ADN está la impronta de hacer con nuestros talentos todo tipo de acciones que reflejen un beneficio colectivo.
Es curioso ese potencial creativo que tenemos los humanos y esa complejidad en el sistema de pensamientos que, con resultados admirables y también condenables, nos diferencia de las demás especies. Es así como la música, siendo una de las formas de expresión más antiguas, ha evolucionado gracias a ese sistema de pensamientos que busca constantemente un crecimiento intelectual y emocional en cada persona, y una identidad cultural entre tantas y tan diversas comunidades a través de la historia.
Si una de las primeras señales de civilización en una cultura, como lo planteaba la arqueóloga Mead, es la iniciativa de curarle una herida a un semejante, entonces se logra entender que muchas otras ideas y acciones que garantizaran el bienestar y el crecimiento holístico de cada persona, se hicieran habituales.
Así es factible deducir que, el arte se acogió desde los inicios como una actividad que ayudaría a fortalecer un tejido social, y que nuestros ancestros lo entendieron como una práctica que va más allá de las maniobras de supervivencia cotidianas, para valorarlo como un medio por el cual tomaría más sentido la existencia.
Imagen: Richard Riveiro
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