Cada persona tiene una historia única sobre su experiencia al iniciarse en un instrumento musical, desde los primeros acercamientos tímidos a las cuerdas de una guitarra, hasta los toscos y ruidosos golpes a los instrumentos de percusión, pasando por los gestos y frustraciones iniciales al tratar de hacer sonar un instrumento de viento. Pareciera que desde ahí se genera el primer filtro para quienes abandonarán esa idea y para quienes darán la lucha por superar esa etapa inicial. Es muy seguro que quienes alcanzan a resolver esas dificultades iniciales en la ejecución de su instrumento, logren ver un horizonte de posibilidades que los motivará para que su experiencia musical sea más frecuente, productiva y la puedan disfrutar.
Es adecuado resaltar ese momento en que se disfruta del instrumento dentro de la práctica musical, ya que mucha gente piensa que es tortuoso y frío el ejercicio de repetir demasiadas veces un fragmento musical, y además tener que sostener el ánimo para no desalentarse frente a las dificultades de la interpretación. Obviamente, no siempre son fáciles las jornadas de práctica, pero así mismo, debe reconocerse la recompensa emocional al alcanzar el objetivo. Cada pequeño logro tiene un gran valor para quienes lo consiguen.
Poder tocar con precisión y musicalidad un fragmento de un minuto, probablemente requiera de unas cinco horas de estudio, por poner un ejemplo. Este es el punto en el que el entusiasmo por la música y el concepto de disciplina convergen. Por esto es que disfrutar del instrumento, no solo es deleitarse con los movimientos precisos de las manos y la secuencia de sonidos que se produce en el momento; se disfruta también con la sensación de superación y la mentalidad de éxito que genera cada pequeño triunfo.
Aunque sean gratificantes esos primeros logros, es necesario añadir en este proceso la persistencia, para que en el transcurso del tiempo cada pequeño logro se sume con el siguiente y, después de varios años, se consiga una valiosa habilidad musical y una experiencia de vida, que podría también inspirar de forma positiva a otras personas.
El estudio, la exploración y la práctica de un instrumento musical, requiere de ciertas condiciones como: Un sitio que permita la máxima concentración, en el que los sonidos externos no interfieran durante la práctica, ya que el enfoque auditivo hacia el sonido del instrumento, debe ser lo más limpio posible. Se requiere también algo tan complejo como la conexión entre las emociones, la mente y los movimientos corporales, además de priorizar el sentido del oído, del tacto y de la vista, y seguramente resultarán más detalles a considerar. Por esto es muy común que se prefieran períodos de prácticas individuales, tanto en espacios al aire libre, como en estudios o habitaciones, puesto que es una estrategia necesaria para activar toda esa maquinaria mental, física y emocional en unión con el instrumento. Así se podría pensar la música como acto individual.
Es cierto que hay un porcentaje de gente para la que es suficiente su encuentro con el instrumento musical sin el interés de compartir esa experiencia con alguien más, es totalmente respetable esa actividad individual, sobre todo cuando se reconoce que se llegó a ella por medio del acto colectivo, por ejemplo, viendo a otros hacer música. Por muy individualista que sea la actitud de alguien respecto a la música, debe aceptar que está inevitablemente integrado a un colectivo que gira en torno a este lenguaje universal.
Podría decirse que la música es uno de los medios más eficaces para socializar, para comunicar. Es triste pensar en tantas situaciones que causan división entre las comunidades, sin embargo, analizar el alcance que puede llegar a tener la interpretación de un instrumento musical, ratifica ese fenómeno social de integración alrededor de las habilidades, los sonidos y, el crecimiento individual y colectivo que genera el ejercicio musical.
Imagen: @PublicDomainPictures
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